03 marzo, 2006

Presentación (Personal)

Este libro reúne las memorias de uno de aquellos chicos que, con 10 años, dejó su casa en O Grove (Pontevedra), cruzó toda aquella España de 1976 sin autovías ni teléfonos automáticos (que decir de móviles) y entró a formar parte de esa auténtica ciudad de internos (más grande que el 88% de los municipios de la época) para participar en un proyecto educativo de vanguardia.
El libro recorre toda mi etapa en Cheste, que duró desde septiembre de 1976 hasta junio de 1979. Estos años permiten ver como fueron los momentos dorados de Cheste (desde su arranque en el comienzo de los 70 hasta el 78) y como se percibían los primeros síntomas de cambio (como por ejemplo la modificación en la gestión de los comedores, que pasan a funcionar en régimen de autoservicio a finales de 1978). Y es que el sistema de Universidades Laborales se estaba acabando tras su defunción oficial en 1978 y el finiquito que posteriormente recibiría en 1982, tras el cual estos centros entraron en una época de agudas restricciones económicas fruto, entre otras razones, de una precipitada cesión por parte del Gobierno Central a las entonces incipientes Comunidades Autónomas, que no disponían de recursos para poder mantener los gastos que requería el adecuado funcionamiento de estos complejos.
Estos hechos se pueden vislumbrar en la segunda parte de mi relato, en la Laboral de Coruña (79-83), en donde cada año se hacía más evidente el desmantelamiento progresivo del sistema de internado. También es cierto que en aquellos años la sociedad española entró en una senda de cambio vertiginoso que nos cambió, no sólo en el aspecto material, sino también culturalmente. Nos hicimos en general una sociedad más rica y opulenta, pero también más hedonista y menos predispuesta a los antiguos valores de trabajo y sacrificio. Y así como durante las décadas anteriores se había asumido con relativa normalidad el que los hijos tuviesen que ir a estudiar lejos de casa, se pasó al caso contrario, llegando al extremo de que hoy un chaval cualquiera puede estudiar hasta una carrera sin haber salido nunca de su barrio. Y esto puede ser cómodo pero ciertamente no es lo más aconsejable para su formación. En todo caso, es un indicativo de una sociedad que sobreprotege a los jóvenes.
Como señala E. Fuentes y cuya reflexión comparto:
“De las Universidades Laborales queda el recuerdo de un experimento social que produjo resultados espectaculares. Su desaparición truncó la posibilidad de disponer de mano de obra técnica y culturalmente muy cualificada que cada vez se demanda con mayor intensidad por la sociedad industrial desarrollada. En cambio, la juventud española ha sido orientada demagógicamente hacia la obtención de títulos universitarios clásicos que producen en sus poseedores grados de frustración crecientes al no poder ser aplicados por la enorme inflación de titulados” .
Creo que el precipitado fin que se dio a las Universidades Laborales privó a todo el país de los únicos centros que ofrecían una enseñanza profesional de calidad, perdiéndose en muchos casos costosas infraestructuras y maquinaria por dejadez y abandono.
En el epílogo de esta aventura personal, narro brevemente mi paso por la Universidad de Santiago de Compostela y la búsqueda, muchas veces convertida en (casi) disputa, de un puesto profesional en esta sociedad tan competitiva. Todo lo que finalmente he conseguido creo que tiene hundidas sus raíces en la formación recibida en Cheste, especialmente en los hábitos adquiridos de trabajo y capacidad de aguante. Para finalizar, he querido concluir con una reflexión relativa a las generaciones que ahora están en formación, como mis hijos, la mayor de los cuales está casi en la edad que yo tenía cuando me fui a Cheste.
Bienvenidos pues, a un universo correspondiente a un tiempo pasado, pero que sigue muy presente en los que tuvimos la suerte de pasar por aquel COUL en donde aprendimos no solo gran cantidad de materias sino también a mejorar como seres humanos. Incluyendo la capacidad de superar la adversidad y los malos momentos lejos del apoyo de la familia, que también los hubo. Pero lo realmente fantástico es que, hoy en día, no conozco a nadie de los que allí convivimos que no guarde gratos recuerdos de aquella experiencia.
Pasen por favor, estamos en octubre de 1976 en el término municipal de un pequeño pueblo situado a 22 km de Valencia, por entonces muy lejos de la ciudad y en medio de campos de naranjos. Su nombre es Cheste…